Una Cumbre nacida para unificar a América, hoy refleja un continente fracturado

Una Cumbre nacida para unificar a América, hoy refleja un continente fracturado

Creada para reunir al hemisferio bajo una misma voz, la Cumbre de las Américas terminó siendo el espejo de su desunión.

Lo que nació como un proyecto de integración se transformó en el escenario de una fragmentación que ya nadie disimula.

La Cumbre de las Américas fue concebida en 1994, en tiempos de optimismo geopolítico. Con la Guerra Fría recién archivada y las dictaduras latinoamericanas en retirada, Washington impulsó la idea de reunir a todos los jefes de Estado del continente para definir una agenda común. El resultado fue un foro que prometía democracia, libre comercio y desarrollo compartido, el sueño de un hemisferio alineado bajo un mismo horizonte.

Tres décadas después, aquel propósito se ha diluido entre fracturas ideológicas, crisis institucionales y una fatiga diplomática que parece irreversible. La reunión que debía celebrarse este diciembre en República Dominicana —la décima del proceso— fue pospuesta para 2026. Oficialmente, por motivos logísticos y divergencias políticas, en realidad, porque ya no hay consenso ni propósito que la sostenga.

Estados Unidos, que en su momento fue el arquitecto de esta visión continental, hoy enfrenta un vecindario desconectado. México, Brasil, Argentina y Canadá actúan por su lado, los países del Caribe reclaman voz propia y las dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela siguen fuera del foro, generando divisiones que bloquean cualquier intento de diálogo. El hemisferio que debía hablar con una sola voz hoy murmura en dialectos políticos incompatibles.

La OEA, secretaria técnica de la Cumbre, apenas logra mantener el andamiaje institucional de un proyecto que ya no inspira. El Área de Libre Comercio de las Américas, su antigua bandera económica, se extinguió hace veinte años. Y lo que queda del proceso es más ceremonial que sustantivo, fotos, discursos y declaraciones que no modifican el curso real de los acontecimientos.

Lo que en 1994 fue presentado como “la casa común de las Américas” hoy se parece más a un vecindario en ruinas, donde cada nación levanta sus propios muros. Ya no hay una agenda común porque ya no hay una visión compartida. Los desafíos —migración, narcotráfico, corrupción, clima— son los mismos, pero la voluntad de resolverlos juntos se evaporó.

Incluso frente a amenazas globales, como el terrorismo, América no comparte criterios. Mientras algunos gobiernos condenan a grupos como Hamas y Hezbolá, otros los evitan nombrar o los tratan con ambigüedad diplomática. Al mismo tiempo, crece un antisemitismo social que varios gobiernos recién empiezan a reconocer. Esa diferencia política y moral resume el estado del continente, incapaz de distinguir entre víctimas y verdugos, entre alianzas y silencios.

La Cumbre no fracasó por exceso de ambición, sino por falta de pertenencia. América se descubrió incapaz de ser un bloque coherente, atrapada entre proyectos nacionales que compiten en lugar de converger. Así, la Cumbre de las Américas sobrevive como símbolo de una unidad que nunca fue, una cita donde los jefes de Estado posan para la foto, pero donde ya nadie habla el mismo idioma político.

El sueño hemisférico se quebró sin estallido, en silencio. Lo que debía unir al continente terminó confirmando su fractura.

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