“Desde Ucrania y Noruega, un llamado a defender principios sin ambigüedades.”
El 25 de junio de 2025, unas palabras pronunciadas desde un lugar donde la guerra es una realidad cotidiana invitan a cuestionar la coherencia entre lo que se dice y lo que realmente se defiende. Un representante de Ucrania habló con una honestidad poco habitual sobre lo que significa proteger verdaderamente los valores que todos queremos preservar.
Se habló de Israel, sí, pero en realidad se trató de algo mucho más profundo: la defensa de aquello que es sagrado — los derechos humanos, la democracia, el Estado de derecho, la dignidad humana. Son palabras que se escuchan con frecuencia y que deben estar acompañadas de acciones concretas y compromisos firmes. Defender esos valores no es un acto simbólico ni un simple discurso; es una postura que implica riesgos, sacrificios y, sobre todo, coherencia.
Cuando la amenaza se acerca, no basta con proclamar ideales. Es necesario que esos ideales se transformen en hechos concretos y decisiones firmes. La historia enseña que la paz y la justicia no se sostienen solo con buenas intenciones ni con declaraciones. Se sostienen con quienes están dispuestos a actuar y mantenerse firmes, incluso cuando hacerlo incomoda o divide.
Desde Ucrania, ese mensaje tiene un peso distinto. Quienes viven en primera línea conocen la diferencia entre una solidaridad sincera y el abandono disfrazado de prudencia. Por eso, la defensa de Israel ante sus amenazas es un reflejo de una realidad compartida: la lucha por la libertad y la dignidad humana.
Ese día, Goncharenko habló con una claridad y contundencia que solo la experiencia directa del conflicto puede otorgar. Sabe que las palabras sin acción no detienen a quienes desafían los principios sobre los que se sostiene la convivencia entre naciones. En un momento en que muchas democracias europeas responden con cautela, evitando posiciones firmes para no incomodar a ciertos actores, su mensaje es un llamado urgente a la coherencia y al compromiso real. La defensa de Israel en su legítima protección es también la defensa de un frente donde están en juego valores fundamentales.
En ese mismo debate, la parlamentaria noruega Ingjerd Schou recordó con firmeza que la Asamblea debía mantenerse fiel a sus principios fundacionales, reiterando el llamado a la liberación inmediata e incondicional de todos los rehenes secuestrados en Gaza, en cumplimiento del derecho internacional humanitario. Su intervención fue una reafirmación de que los valores occidentales no pueden aplicarse de forma selectiva: si se proclama la dignidad humana como principio, debe defenderse en toda circunstancia.
El discurso generó diversas reacciones. Mientras varios diputados valoraron este llamado firme desde la experiencia de Ucrania, otros mostraron reservas o desacuerdos, centrándose principalmente en criticar la reacción de Israel sin hacer mención —ni siquiera de forma sutil— a los rehenes todavía retenidos en Gaza. Ese silencio, en medio de un debate sobre valores fundamentales, dejó en evidencia una asimetría inquietante: se juzga una respuesta sin reconocer abiertamente lo que la provoca.
Este llamado a la coherencia interpela profundamente. La verdadera defensa de la democracia no consiste en elegir bandos cómodos o convenientes, sino en mantener la mirada firme hacia quienes, en medio del ruido y la incertidumbre, siguen peleando para que los valores que tanto se proclaman no sean solo palabras al viento.
El 25 de junio fue más que una fecha en el calendario. Fue un recordatorio intenso y necesario: la defensa de lo que se cree debe ir más allá de los discursos y transformarse en compromiso tangible. La libertad y la justicia no se negocian con silencio ni indiferencia, sino con la valentía de quienes deciden actuar.
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