El posible regreso a la frontera de 1967 revive la pregunta clave: ¿la violencia o la diplomacia decidirán el futuro del Estado palestino?
La llamada línea verde, es la línea de armisticio que separó Israel de Cisjordania y Gaza tras la guerra de 1948, y hoy vuelve al centro del tablero. No es nueva: lleva setenta años apareciendo y desapareciendo de los mapas de negociaciones, promesas y fracasos.
Lo que sí es nuevo es el momento: una guerra brutal en Gaza, la imagen de un Israel invencible que cruje, una resistencia que mezcla heroísmo y barbarie, y una Autoridad Palestina casi irrelevante que se aferra a su única carta: la diplomacia.
Israel nunca aceptó la línea verde como frontera final. La toleró como base de trueques territoriales: mantener bloques de asentamientos a cambio de ceder tierra dentro del Israel soberano.
Camp David en 2000 y Annapolis en 2008 rozaron el acuerdo. Las ofertas incluían hasta el 97% de Cisjordania y un mapa de “intercambios equivalentes”. Arafat se negó. Abbas dudó. Netanyahu congeló. Entre la letra chica y las balas, el mapa volvió al cajón.
Hoy, tras el 7 de octubre, la paradoja estalla. Hamas –intransigente, sangriento, imprevisible– logró lo que la diplomacia sola no pudo: devolver la cuestión palestina al centro del mundo.
Cientos de miles de muertos y desplazados después, Europa se divide. España, Noruega, Irlanda reconocen a Palestina. Francia insinúa lo mismo. Estados Unidos tantea un plan: reconstruir Gaza, blindar Israel, revivir la solución de dos Estados.
¿Pero cuál Estado? ¿Con quién se negocia cuando la ANP gobierna a medias y Hamas sobrevive en túneles?
Para la Autoridad Palestina, volver a la línea verde es sobrevivir políticamente.
Es probar que los trajes y las banderas funcionan mejor que los misiles.
Para Hamas, paradójicamente, sería un trofeo: su ofensiva suicida forzó la reapertura de un debate que estaba muerto. Si mañana Palestina entra a la ONU como miembro pleno, ¿quién se lleva el crédito? ¿La OLP en Ramala o los hombres encapuchados que cruzaron la verja el 7 de octubre?
El dilema es tóxico para Israel. Reconocer ahora una frontera parecida a la de 1967 suena, para Netanyahu y su coalición, como premiar la masacre. Pero ignorarlo prolonga la ocupación, expande los asentamientos y mina el mito de la seguridad total.
Medio mundo vuelve a preguntarse: ¿qué vale más, el muro o el mapa?
Volver a la línea verde nunca fue sólo volver a una línea. Es aceptar que, con o sin violencia, dos pueblos comparten un territorio demasiado pequeño para sus sueños ilimitados.
La pregunta que sobrevive —como los túneles de Gaza— es quién dictará los límites: ¿el que negocia o el que dispara primero?
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El mundo esta corrompido en su mayoria! El nivel de antisemitismo esta a niveles jamas visto. Israel debe seguir actuando en su propia defensa sin importarle la ONU.