Nada sobre nosotros sin nosotros

La historia está llena de acuerdos firmados por quienes poseen el poder y sufridos por quienes no estuvieron sentados en la mesa.

Existe una vieja costumbre en la política internacional. Los poderosos se reúnen, negocian, firman documentos y anuncian entendimientos. Mientras tanto, quienes vivirán con las consecuencias esperan afuera.

La Conferencia de Múnich de 1938 es probablemente el caso más recordado. Alemania, Reino Unido, Francia e Italia discutieron el futuro de Checoslovaquia sin que los checoslovacos tuvieran una voz real en la decisión. Pero no fue un hecho aislado.

La Conferencia de Berlín repartió territorios africanos sin consultar a los africanos. Yalta ayudó a definir el mapa político de la Europa de posguerra sin la participación efectiva de muchas de las naciones afectadas. Durante décadas, las superpotencias negociaron zonas de influencia que determinaron el destino de millones de personas.

Los resultados fueron diversos. Algunos acuerdos evitaron conflictos mayores. Otros simplemente aplazaron problemas que reaparecieron años después. Lo que casi todos tuvieron en común fue la ausencia de quienes debían aceptar las decisiones tomadas por otros.

Quizás por eso el reciente Memorandum de Entendimiento entre Estados Unidos e Irán ha despertado tanto interés. Más allá de su contenido, vuelve a surgir una pregunta que nunca termina de desaparecer. ¿Es posible construir acuerdos estables sobre asuntos que afectan directamente a terceros que no participaron en la negociación?

La historia no ofrece una respuesta única. Pero sí deja una advertencia. Cuando los ausentes son quienes más tienen que perder, la discusión rara vez termina con la firma del documento.

Nada sobre nosotros sin nosotros.

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2 comentarios

  1. El Pacto de Múnich cedió formal y permanentemente territorio soberano a cambio de una promesa de paz abstracta.

    El acuerdo actual es un memorándum interino de 60 días. El levantamiento definitivo de las sanciones está estrictamente encadenado por EE. UU. a que Irán realice concesiones verificables en su programa atómico (comenzando por el down-blending o dilución de su uranio enriquecido en suelo soberano bajo supervisión de la OIEA).

    Mientras que la lógica de la geopolítica del “apaciguamiento” genera temores legítimos de que la historia se esté repitiendo a través de concesiones a Teherán, la realidad sobre el terreno muestra que Israel mantiene una capacidad de disuasión y una autonomía política e industrial-militar radicalmente superior a la que poseía la desamparada Checoslovaquia en las vísperas de la Segunda Guerra Mundial.

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