Cuando el sufrimiento de un niño se usa como herramienta política, el periodismo deja de informar y se convierte en cómplice de la manipulación.
El Daily Mirror publicó el 23 de agosto de 2025 la foto de un niño palestino de tres años.
Según el diario, estaba “hambriento por culpa de Israel”.
La imagen se difundió como prueba de una hambruna. El efecto fue inmediato: indignación, condenas, titulares.
La verdad era otra. El IDF presentó documentos médicos que prueban que el niño padece una rara enfermedad genética. No era hambre.
No era bloqueo. Era un diagnóstico clínico. Pero la versión falsa ya había recorrido el mundo.
Aquí no se trata de un error técnico, sino de una decisión editorial: publicar antes de verificar, priorizar la narrativa política sobre los hechos comprobados.
En ese instante, un menor enfermo dejó de ser paciente para convertirse en instrumento de propaganda.
El daño es claro. Se desinforma a la opinión pública. Se expone y se revictimiza a una familia. Y se erosiona la credibilidad del periodismo, que debería ser garante de la verdad, no un amplificador de falsedades.
La historia muestra lo que ocurre cuando la propaganda suplanta la información.
En los años 40, las imágenes manipuladas justificaron atrocidades.
Hoy, una foto falsa se multiplica en segundos, con un efecto aún más devastador.
La verdad incomoda, pero la mentira destruye.
Y cuando la prensa adopta la mentira como arma, deja de ser prensa. Pasa a ser parte del conflicto.
“Una mentira repetida mil veces sigue siendo mentira.”
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Hoy en día existen muchas noticias falsas y amarillistas que desde en dea la fuente. Hay que tomar decisiones sin tomar en cuenta ese tipo de noticias. Por otro lado, el peligro es que una mentira repetida mil veces, se convierte en verdad para muchos. Muy usado en el pasado y presente por ciertos regímenes