Ochenta y cinco años después de Operación Barbarroja, la misma pregunta sigue vigente
El 22 de junio de 1941, Europa despertó con una noticia que cambiaría el curso de la historia. Sin declaración previa y violando un acuerdo firmado apenas dos años antes, Alemania lanzó la Operación Barbarroja, la mayor invasión terrestre jamás realizada. Más de tres millones de soldados cruzaron la frontera soviética y pusieron fin, en cuestión de horas, al Pacto Molotov-Ribbentrop.
La imagen quedó grabada en la memoria colectiva como la prueba definitiva de que los acuerdos internacionales pueden romperse. Si un tratado firmado por dos potencias podía desaparecer de un día para otro, ¿qué valor tenía realmente una firma sobre un papel?
Ochenta y cinco años después, la pregunta vuelve a surgir mientras Washington y Teherán exploran la posibilidad de un Memorandum of Understanding, un MOU destinado a reducir tensiones, limitar riesgos y establecer un marco de entendimiento entre dos adversarios históricos.
Los escépticos recuerdan Barbarroja. Señalan que ningún documento puede garantizar el comportamiento futuro de un Estado. Argumentan que los intereses cambian, los gobiernos cambian y las circunstancias cambian. Un acuerdo puede durar años o puede desaparecer en una sola noche.
Sin embargo, la historia ofrece una lección más compleja.
Si los acuerdos fueran inútiles, las naciones habrían dejado de firmarlos hace siglos. La diplomacia existe precisamente porque la alternativa suele ser peor. Un pacto no elimina la desconfianza. La administra. No crea amistad. Reduce incertidumbre. No garantiza la paz. Intenta hacer la guerra menos probable.
Durante la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética firmaron numerosos acuerdos de control de armas. Ninguno transformó a los adversarios en aliados. Ninguno eliminó el riesgo nuclear. Pero ayudaron a evitar errores de cálculo que podrían haber tenido consecuencias catastróficas para toda la humanidad.
Fue en ese contexto cuando Ronald Reagan popularizó un proverbio ruso que todavía conserva vigencia. “Trust, but verify”. (“doveryai, no proveryai”) Confiar, pero verificar.
La frase resume una realidad fundamental de las relaciones internacionales. Los acuerdos no se basan en la fe. Se basan en mecanismos de control, inspección, supervisión y evaluación constante. No exigen creer en las buenas intenciones de la otra parte. Exigen la capacidad de comprobar que los compromisos se están cumpliendo.
Por eso el verdadero debate sobre un eventual MOU entre Estados Unidos e Irán no debería centrarse en si el acuerdo será eterno o si alguna vez podrá romperse. Ningún acuerdo internacional ofrece semejante garantía. La pregunta relevante es otra.
¿La situación sería más estable con un acuerdo imperfecto o sin ningún acuerdo?
Barbarroja demuestra que los pactos pueden fracasar de manera espectacular. La Guerra Fría demuestra que también pueden contribuir a evitar catástrofes. Ambas lecciones son ciertas al mismo tiempo.
La historia no enseña que los acuerdos sean inútiles. Enseña algo más incómodo. Que los acuerdos valen exactamente lo que valen los intereses que los sostienen y los mecanismos que permiten verificarlos.
Ochenta y cinco años después de Barbarroja, el desafío sigue siendo el mismo. No confiar ciegamente en una firma, pero tampoco despreciar el valor de la diplomacia.
Porque cuando las alternativas son la confrontación permanente o la guerra, incluso un acuerdo imperfecto puede convertirse en la opción más racional.
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